Cuando pensamos en envejecimiento, muchas veces imaginamos una pérdida progresiva de fuerza, movilidad o energía. Sin embargo, existe un aspecto del que se habla mucho menos y que puede marcar una gran diferencia en nuestra calidad de vida.

No se trata únicamente de cumplir años.

Se trata de los retos a los que nos enfrentamos cada día.

Durante gran parte de nuestra vida, el trabajo, la familia y las responsabilidades nos obligan a resolver problemas constantemente. Tenemos que movernos, adaptarnos, aprender, reaccionar y tomar decisiones. El cuerpo y la mente reciben estímulos de forma continua.

El problema aparece cuando esos estímulos empiezan a desaparecer y dejamos de elegir otros nuevos que los sustituyan.

La vida ya te hace entrenar

Existe una creencia muy extendida según la cual las personas mayores no trabajan la fuerza.

Sin embargo, la realidad es muy diferente.

La fuerza aparece cuando caminamos, cuando subimos escaleras, cuando nos levantamos de una silla, cuando cargamos bolsas de la compra o incluso cuando permanecemos de pie sin hacer nada. Nuestro cuerpo está utilizando los músculos constantemente para sostenerse frente a la gravedad.

Una persona que trabaja en un huerto, cuida su casa, pasea cada día, juega con sus nietos o mantiene una vida activa está utilizando la fuerza continuamente.

Por eso, el problema no suele ser la ausencia de fuerza.

La verdadera diferencia está en si esa fuerza aparece de forma automática o si empezamos a trabajarla de manera consciente.

Mujer mayor en estudio de entrenamiento respetuoso observando un cuadro de Equilibrio Club mientras mantiene una postura estable y activa.

El cuerpo mantiene capacidad de adaptación durante toda la vida cuando recibe estímulos adecuados y nuevos retos que le invitan a seguir evolucionando.

La vida nos impone estímulos, pero no siempre podemos elegirlos

Durante décadas recibimos estímulos físicos y mentales de forma constante.

Muchas veces el trabajo nos obliga a pasar horas sentados. Otras veces nos obliga a cargar peso, a permanecer de pie o a repetir miles de veces el mismo movimiento.

El cuerpo se adapta a todo ello porque no tiene otra opción.

Sin embargo, esos estímulos no siempre son los que necesitamos.

Además, rara vez podemos regularlos. No solemos decidir cuántas horas permanecer sentados o cuánto tiempo debemos mantener una determinada postura.

La vida decide por nosotros.

Y nuestro cuerpo intenta adaptarse lo mejor posible.

El problema aparece cuando desaparecen los retos

Muchas personas llegan a la jubilación después de décadas de trabajo, responsabilidades y obligaciones. De repente desaparecen los horarios, los desplazamientos y muchas de las tareas que organizaban su día a día, lo que puede parecer una liberación, pero también supone una reducción importante de estímulos físicos, mentales y sociales.

El cuerpo sigue haciendo lo que siempre ha hecho: adaptarse. Si durante años tuvo que resolver problemas, moverse, aprender y reaccionar, intentará conservar esas capacidades. Sin embargo, cuando los retos disminuyen de forma progresiva, también puede hacerlo la necesidad de mantener determinadas funciones.

Como explicamos en quién te ha dicho que ya no puedes mejorar, el cuerpo mantiene capacidad de adaptación durante toda la vida. La cuestión no es si sigue adaptándose, sino hacia dónde lo está haciendo.

Muchas veces este proceso comienza de forma silenciosa. Poco a poco dejamos de priorizarnos y de dedicar tiempo a aquello que nos hace bien, algo que desarrollamos con más profundidad en qué ocurre cuando te haces mayor y te desconectas de ti mismo.

El cuerpo conserva aquello que necesita

Una de las características más sorprendentes del cuerpo humano es su capacidad para ahorrar recursos. Tiende a conservar aquellas capacidades que utiliza con frecuencia y a reducir la inversión en aquellas que ya no considera necesarias.

Por eso, cuando dejamos de agacharnos, caminar o realizar determinados movimientos, esas capacidades pueden volverse menos accesibles con el tiempo. No ocurre porque el cuerpo quiera perjudicarnos, sino porque está respondiendo exactamente a los estímulos que recibe.

En muchas personas esto se traduce en una pérdida progresiva de confianza, que les lleva a evitar ciertos movimientos o actividades. Es una situación que analizamos con más detalle en qué ocurre cuando dejamos de movernos por miedo a perder el equilibrio.

El entrenamiento es una forma de volver a elegir los estímulos

Aquí es donde el entrenamiento adquiere un significado diferente. No se trata simplemente de hacer ejercicio ni de acumular esfuerzo, sino de volver a elegir conscientemente qué capacidades queremos seguir desarrollando y cuáles necesitan más atención.

La vida nos ha ido moldeando a través de los estímulos que nos ha presentado, pero el entrenamiento nos permite intervenir de forma más intencionada. Podemos trabajar la fuerza, el equilibrio, la movilidad o la coordinación, pero también la atención, la respiración y la capacidad de conectar con nuestro propio cuerpo.

Por primera vez en mucho tiempo dejamos de reaccionar a los retos que aparecen y empezamos a seleccionar aquellos que realmente pueden ayudarnos a mantener autonomía, bienestar y calidad de vida.

Recuperar estas capacidades también suele traducirse en una mayor confianza en el movimiento. Muchas personas vuelven a realizar actividades que habían abandonado por inseguridad, algo que desarrollamos con más detalle en cuándo empezamos a perder confianza en nuestro equilibrio.

En Equilibrio Club buscamos algo más que músculos fuertes

Muchas personas llegan pensando que van a encontrar una serie de ejercicios para fortalecer el cuerpo. Sin embargo, nuestro enfoque va bastante más allá, porque entendemos que el bienestar no depende únicamente de la fuerza muscular.

Nos interesa la postura, la coordinación, la respiración y la capacidad de sentir y controlar el movimiento. También nos interesa cómo una persona utiliza su atención, cómo se relaciona con su cuerpo y cómo recupera la confianza para volver a hacer cosas que había dejado de hacer.

Por eso hemos desarrollado el método Equilibrio, donde trabajamos desde la reeducación postural, el movimiento sensacional y el entrenamiento respetuoso. No buscamos únicamente que una persona haga más, sino que se mueva mejor, se sienta más capaz y disponga de más recursos para afrontar su día a día.

Además, existe una dimensión humana que consideramos fundamental. Entrenar también implica compartir experiencias, sentirse acompañado y formar parte de un entorno en el que otras personas están recorriendo un camino parecido.

No se trata de hacer más, sino de elegir mejor

A menudo pensamos que mejorar significa añadir más actividades a nuestra vida. Más ejercicio, más esfuerzo o más obligaciones. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que los cambios más importantes suelen aparecer cuando empezamos a elegir mejor los estímulos que recibe nuestro cuerpo.

No se trata de entrenar más horas ni de exigirnos constantemente. Se trata de identificar aquellas capacidades que más pueden ayudarnos en nuestra situación actual y dedicarles atención de forma progresiva y sostenible.

Cuando recuperamos movimientos que habíamos dejado de utilizar, cuando volvemos a sentir curiosidad por aprender o cuando empezamos a conectar de nuevo con nuestro cuerpo, aparecen cambios que van mucho más allá del aspecto físico.

Preguntas frecuentes sobre el entrenamiento y los retos después de los 65 años

¿Las personas mayores ya trabajan la fuerza en su vida diaria?

Sí. Cada vez que caminamos, subimos escaleras, cargamos una bolsa o nos levantamos de una silla estamos utilizando fuerza. La diferencia es que en el entrenamiento aprendemos a desarrollarla de forma más consciente y adaptada a nuestras necesidades.

¿Es necesario entrenar si llevo una vida activa?

Depende de cada persona. Algunas reciben muchos estímulos a través de sus actividades diarias, mientras que otras necesitan complementar esos estímulos para mejorar capacidades concretas como el equilibrio, la movilidad o la coordinación.

¿Por qué algunas personas pierden capacidades al jubilarse?

Porque desaparecen muchos de los retos que durante años mantuvieron activo al cuerpo y a la mente. El organismo sigue adaptándose, pero ahora lo hace a una realidad con menos exigencias.

¿El entrenamiento sirve solo para ganar fuerza?

No. También puede ayudar a mejorar la postura, el equilibrio, la coordinación, la movilidad, la confianza en el movimiento y la capacidad de realizar actividades cotidianas con mayor comodidad.

¿Cuál es el objetivo de entrenar después de los 65 años?

Mantener y desarrollar aquellas capacidades que nos permiten seguir viviendo con autonomía, disfrutar de nuestras actividades y afrontar el día a día con más seguridad y confianza.

Elegir tus estímulos también es una forma de cuidar tu salud

La vida nos presenta retos constantemente, pero no siempre podemos elegirlos. El entrenamiento nos ofrece la posibilidad de seleccionar de forma consciente aquellos estímulos que pueden ayudarnos a mantener capacidades, recuperar confianza y seguir construyendo bienestar.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado con alguno de estos cambios, te recomendamos leer también quién te ha dicho que ya no puedes mejorar y qué ocurre cuando te haces mayor y te desconectas de ti mismo, dos artículos que te ayudarán a comprender por qué el cuerpo conserva una enorme capacidad de adaptación cuando recibe los estímulos adecuados.

Por eso, en Equilibrio Club comenzamos con una Valoración Inicial, donde analizamos tu postura, tu movilidad, tu equilibrio y tu capacidad de generar fuerza para entender qué tipo de estímulos pueden ayudarte más en este momento de tu vida.

Te invitamos a realizar una Valoración Inicial en Equilibrio Club Alicante y descubrir qué capacidades pueden ayudarte a seguir disfrutando de una vida activa, autónoma y llena de posibilidades.